La desnutrición es un problema común en todos los niveles de atención primaria. Su incidencia en los hospitales, según un estudio de Nutrición Hospitalaria, es del 40% y en las residencias de mayores supera el 60 por ciento. Supone, además, la mayor y más frecuente causa de discapacidad en la población anciana que vive en su domicilio o en instituciones, según la investigación desarrollada por la Sociedad Española de Nutrición Parenteral y Enteral.

Centrándonos en estos últimos, el perfil del mayor que vive en una residencia dista mucho del que habita en su hogar. «Suelen ser más frágiles, con necesidades muy distintas y una media de edad que se aproxima a los 90 años», asegura Álvaro Cuenllas, médico y presidente de la Asociación de Empresas de Servicios para la Dependencia (AESTE).

Se trata, también, de un colectivo muy heterogéneo, donde es complicado establecer pautas comunes. «Resulta chocante ver cómo hay algunos bailando, jugando a las cartas y otros, en cambio, viven postrados a una cama o a una silla de ruedas», apunta Ana Isabel Rodríguez, investigadora del Departamento de Nutrición de la Universidad de Granada. Por tanto, ni las necesidades ni la alimentación que deben tomar tendrán un patrón de unión.

Existe el mito y la falsa creencia de que los ancianos no tienen que tomar tantas proteínas, cuando la realidad es la contraria. «No necesitan tanta energía, eso sí es verdad, pero es aconsejable que ingieran 1,5 gramos de proteína por cada kilo que pesen», afirma Magda Carlas, doctora del departamento de Nutrición de la Clínica Eugin.

Una investigación de Edad y Vida afirma que la complejidad clínica de los mayores condiciona, en abundantes, su estado nutricional. «Los fármacos influyen mucho en la alimentación, ya que hacen que la comida se absorba peor, además de generar poco apetito», confirma Álvaro Cuenllas. Asimismo, «con esas edades, la deglución –el paso del alimento desde la boca a la faringe y luego hasta el esófago– es peor porque mastican mal», añade Ana Isabel Rodríguez.

Desde el primer día
Según el modelo sanitario de las personas ingresadas en centros residenciales (elaborado por Edad y Vida), el 54,5% de los mayores padece malnutrición o están en riesgo de padecerla al comenzar a vivir en una institución. Habitualmente, para medir el nivel de salud que posee el anciano, se lleva a cabo un estudio en los primeros días que llega a la residencia: el MNA (Mini Nutritional Assessment), aceptado como uno de los mejores indicadores para valorar el estado de los mayores. «Da una aproximación, pero no debe ser lo único que se realice, ya que también es necesario hacer un estudio bioquímico», apunta Rosa López, vicesecretaria de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG).

Se trata de un cuestionario que realiza el personal sanitario, que consta de dos partes: un cribaje –con siete preguntas– y una evaluación, que se lleva a cabo solo si lo anterior ha dado positivo. Una puntuación total mayor o igual a 24 indica que el paciente tiene un buen estado nutricional; entre 17 y 23,5, la persona estudiada estaría en riesgo de malnutrición, y, si la calificación es menos de 17, el anciano presenta desnutrición calórico-proteica. Lo que se traduce en una intervención necesaria.

Único placer

El problema surge cuando estas evaluaciones no se llevan a cabo o no se repiten con frecuencia en los pacientes, lo que suele ocurrir en la mayoría de los casos. «El MNA debería realizarse de forma obligatoria cuando llegan a la residencia y, como mínimo, repetirlo cada tres meses para llevar un control en los mayores, sobre todo en los que presentan problemas con el índice de masa corporal», insiste López.

La geriatra relata, también, que «la malnutrición puede venir por dos motivos: por defecto, que se llama desnutrición, y por exceso, lo que se conoce como obesidad». Este último caso viene promovido por una sobrealimentación y ahí entra en juego la dieta que tienen en estas instituciones. «Es imposible crear un menú común a nivel estatal porque no se come lo mismo en Bilbao que en Sevilla, por ejemplo. Creo que la comida debe ser rica y que no puede distar mucho de lo que ellos estaban acostumbrados a comer. No hay que olvidar que es el único placer que les queda», comenta Cuenllas.

La dieta, por tanto, «debe ser sana y, sobre todo, agradable. No es sencillo, pero debe tener un buen sabor y evitar que sea monótona», insiste Magda Carlas. Estos expertos también abogan por la idea de que los alimentos no sean muy novedosos para los mayores. «Ellos no entienden “de modas”, por lo que tendrían que tener una reeducación alimentaria para que conozcan los nuevos productos que van a comer», apunta Ana Isabel Rodríguez.

Rosa López aporta una idea más: «Se deben servir todas las comidas en platos de postre, para que los mayores vean que la ración no es pequeña. La presentación debe ser cuidada y rica en variación de colores».

Evaluaciones y controles

Un número adecuado de controles en las personas mayores es el gran vacío de muchas residencias españolas. «Hacen falta más evaluaciones que determinen el nivel de nutrición que tienen, al igual que también es muy importante que haya un especialista por institución que supervise los menús», asegura el doctor Álvaro Cuenllas. «Hay veces que los ancianos no pueden quejarse por su estado de salud, algo muy triste. Por ello, una vigilancia más exhaustiva sería una de las mejores soluciones», continúa Carlas.

No es una situación irreversible, «porque todo mejora si se llevan a cabo los ajustes necesarios. En el momento que cambia la dieta, los mayores evolucionan favorablemente. No hay que pensar que son los últimos días de su vida. Hay que luchar porque sean los mejores», insiste Rosa López.

Tomar conciencia

España es el segundo país más longevo del mundo dentro de la OCDE (solo por detrás de Japón), con una media de edad de 83 años. «Se dice que vamos a ser la residencia de Europa», comenta la investigadora Rodríguez. «Cierto o no, la realidad es que los mayores no deberían ser tratados como un grupo aparte; son lo que seremos nosotros el día de mañana y, por ello, se debería tomar conciencia», continúa.

Actualmente, hay 6.400 pediatras en activo (datos del Ministerio de Sanidad), frente a los 420 geriatras en el servicio público –840 si se suman los del ámbito privado–. Una cifra alarmante comparada con los casi siete millones de ancianos que viven hoy en día en España (un rango que abarca desde los 70 hasta los 100 años). «Hay pocos medios para los mayores, que demandan cuidados concretos a diario. Hay más pediatras que geriatras y es un error porque cada vez vivimos más tiempo», afirma Magda Carlas.

La demanda sanitaria de las personas dependientes crece a medida que no aparecen más especialistas en la materia. «Los jóvenes prefieren trabajar más con niños que con mayores y es una forma de pensar que deberíamos tratar de cambiar entre todos», sigue Ana Isabel Rodríguez que, como profesora de Universidad, convive con esta mentalidad entre las aulas. «Los ancianos son personas muy vulnerables y creo que están mal cuidados, muy olvidados», concluye Rodríguez.

Fuente: ABC