Jueves 9 Febrero 2012

Punto Crítico

...más longevas del mundo no solo por la alimentación y el medio en el que vivimos, sino sobre todo porque hablamos mucho,...

¿Está usted hasta el cogote de su jefe?. ¿Está hasta las narices de que le monte la bronca por todo y nunca le dé una palmada en la espalda cuando se lo merece?. ¿Está hasta el gorro de que el jefe le haga ojitos a la rubia más corta que la manga de un chaleco o al trepa con el que comparte copas y juergas después del trabajo tratándolos como si fueran los reyes del mambo aunque no sepan hacer una o con un canuto y a usted no le haga repajolero caso, a pesar de que se deje la piel, le saque todas las castañas del fuego y termine trabajando dos veces para hacer bien lo que los amiguetes del jefe han hecho mal?. Pues deje de tragarse el marrón, plántese, dígale lo que piensa de él, a ser posible usando los insultos más gordos del diccionario y mándelo a hacer puñetas. Bien es verdad que si lo hace, puede ocurrir que él aprensa con quién se juega los cuartos y no le siga tocando los bemoles, o que se le ponga chulito y que quién se vaya a hacer puñetas sea usted, pero en cualquiera de los casos quién sí le agradecerá que monte la bronca es su corazón. Es lo que dicen investigadores de la Universidad de Estocolmo; que montarle el pollo al jefe incluso insultándolo, al jefe y no a cualquier otro, es sanísimo para el corazón.

07.06.2010
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Para hacer semejante afirmación esos investigadores estudiaron a casi 3.000 personas de entre 19 y 70 años. Después de una década de estudios, comprobaron como las que soportaban estoicamente broncas e injusticias en el trabajo y no se enfrentaban nunca con el jefe, sufrían más infartos que las que le plantaban cara y se acordaban hasta de su señora madre. Dicen que eso ocurre porque tragarse los desprecios y tropelías del jefe sube tanto la tensión arterial que muchos terminan sufriendo un jamacuco, mientras que quienes insultan patalean y dan rienda suelta a sus demonios pasan el sofocón en ese momento, pero en cuanto descargan, el ritmo cardiaco se restablece y el organismo recupera sus valores normales. Encima, el jefe debería estarnos agradecidos por sacar los pies del tiesto, porque ese mismo estudio también dice que cuando más rendimos en el trabajo es cuando estamos cabreados como monas. Pero si plantarle cara al jefe no nos parece suficiente para ponerle las pilas a nuestro corazón, siempre podemos hacerle caso a Luis Rojas Marcos, que fue el máximo responsable de la salud mental de los ciudadanos de Nueva York, y darle a la lengua, porque según él, hablar mucho disminuye la tensión y es bueno para el corazón. Él no dice que nos desahoguemos montando la bronca, solo que le demos alegría a la sin hueso porque, según sus propias palabras, las mujeres españolas somos las segundas más longevas del mundo no solo por la alimentación y el medio en el que vivimos, sino sobre todo porque hablamos mucho, o sea, una manera fina de llamarnos cotorras, por mucho que cotorrerar sea un seguro contra los achaques del corazón. Habría que saber como se les queda el cuerpo a quienes conviven con alguna de esas cotorras que no se callan ni para respirar, porque a ellas les irá de cine hablando hasta dormidas, pero seguro que el jamacuco lo sufren los demás.

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