Viernes 3 Septiembre 2010

Punto Crítico

Hasta hace poco, también se podía viajar al desierto de Mojave ...


Mejor que volvernos majaras pensando en la que se nos ha venido encima, es ponernos el mundo por montera y apuntarnos a un viaje inolvidable, dejarnos envolver, por ejemplo, por la bruma de las cataratas Victoria o Iguazú; sentirnos como faraones paseando por el valle de los reyes; jefes indios en el gran cañón; dejarnos llevar por la magia maya y azteca, por la grandiosidad de la Rusia de los zares; descubrir la belleza incomparable de nuestros paisajes o recordar Casablanca, con aquello de que siempre nos quedará París. Eso sí, los destinos hay que vivirlos, porque nadie tiene la capacidad de Julio Verne que, el tío, allá por 1865, escribió “De la tierra a al luna” y calcó lo que sería el viaje del Apolo. Dejando al margen que la nave del libro de Verne se llamaba Columbiad y que el módulo del Apolo se llamó Columbia, Verne escribió que su nave imaginaria con destino a la luna, viajaba a 40.000 kilómetros por hora; el Apolo viajó a 38,500; él dijo que el viaje de la tierra a la luna duraba 97 horas; el viaje del Apolo duró 102; 104 años antes de la llegada del hombre a la luna, Verne hizo amerizar su nave, de regreso a la tierra, en el Pacífico a solo 4 kilómetros del lugar en el que realmente amerizó el Apolo; además, hacía el seguimiento de su nave ficticia desde un enorme telescopio situado en las Montañas Rocosas y el Apolo fue seguido por el radiotelescopio Monte Palomar que coincidía con la situación y el tamaño del imaginado por el escritor francés.

 
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