Viernes 3 Septiembre 2010
EL PUNTO CRÍTICO SE DESPIDE HASTA DESPUÉS DEL VERANO. Si desea ver alguno de los anteriores, pinche en Ver más...
Una cosa es que el sobrepeso nos preocupe porque según los expertos, causa un montón de males, y otra muy distinta es que algunos majaras prefieran que les corten una pierna o quedarse ciegos antes que estar gordos. No es una manera de hablar, son resultados de una encuesta realizada por el Centro de Política Alimentaria de Yale entre 40.000 personas. La mitad de los encuestados dijeron que preferían vivir un año menos antes que ser gordos; un 30 por ciento de ellos preferirían divorciarse, no tener hijos, deprimirse o ser alcohólico antes que estar sobrados de peso y un 5 por ciento de esos pirados, afirmaron preferir que les cortasen una pierna o perder la vista antes que ser obesos. Pero no son los únicos. Resulta que, en Japón, los gordos están perseguidos por ley. No es que los manden a chirona para ponerlos a pan y agua y hacerlos adelgazar sí o sí, sino que para prevenir el síndrome metabólico, han sacado una ley que los obliga a medirse la cintura todos los años y fija la talla máxima de 85 cm para los hombres y 90 para las mujeres. Los que sobrepasen los límites tendrán un sobrecargo en la cuota de sanidad, pagarán más por los medicamentos y estarán obligados a seguir un tratamiento de adelgazamiento con personal especializado.
Los dos millones y medio de viudas que hay en España, son uno de los colectivos que más caro va a pagar el pato mareado de la crisis porque el 65 por ciento de ellas ya viven bajo el umbral de la pobreza. Dicen quienes cocinan las estadísticas para que reflejen lo que les interesa, que la pensión media en España está en 880 euros. Pues va a ser que esa media es una pamplina porque, según los datos del propio ministerio, 4.680.000 pensionistas cobran menos de 600 euros al mes y las viudas son pobres de solemnidad porque aunque los datos oficiales dicen que cobran pensiones medias de 497 euros, lo cierto es que muchas no ven ese dinero ni en sueños y se las tienen que apañar como pueden, aferrándose a la ayuda de Cáritas, malviviendo, tapándose con mantas en invierno para no morirse de frío porque muchas no tienen calefacción y si la tienen, a veces, no pueden encenderla porque no la podrían pagar y derritiéndose de calor en verano por más de lo mismo y peor que lo van a pasar a partir del mes que viene cuando a la subida de los precios por la subida del IVA, se sume la enésima subida de la luz. Al final, los que menos tienen, viudas incluidas, van a tener que alumbrarse con candelas.
¿Está usted hasta el cogote de su jefe?. ¿Está hasta las narices de que le monte la bronca por todo y nunca le dé una palmada en la espalda cuando se lo merece?. ¿Está hasta el gorro de que el jefe le haga ojitos a la rubia más corta que la manga de un chaleco o al trepa con el que comparte copas y juergas después del trabajo tratándolos como si fueran los reyes del mambo aunque no sepan hacer una o con un canuto y a usted no le haga repajolero caso, a pesar de que se deje la piel, le saque todas las castañas del fuego y termine trabajando dos veces para hacer bien lo que los amiguetes del jefe han hecho mal?. Pues deje de tragarse el marrón, plántese, dígale lo que piensa de él, a ser posible usando los insultos más gordos del diccionario y mándelo a hacer puñetas. Bien es verdad que si lo hace, puede ocurrir que él aprensa con quién se juega los cuartos y no le siga tocando los bemoles, o que se le ponga chulito y que quién se vaya a hacer puñetas sea usted, pero en cualquiera de los casos quién sí le agradecerá que monte la bronca es su corazón. Es lo que dicen investigadores de la Universidad de Estocolmo; que montarle el pollo al jefe incluso insultándolo, al jefe y no a cualquier otro, es sanísimo para el corazón.
Mejor que volvernos majaras pensando en la que se nos ha venido encima, es ponernos el mundo por montera y apuntarnos a un viaje inolvidable, dejarnos envolver, por ejemplo, por la bruma de las cataratas Victoria o Iguazú; sentirnos como faraones paseando por el valle de los reyes; jefes indios en el gran cañón; dejarnos llevar por la magia maya y azteca, por la grandiosidad de la Rusia de los zares; descubrir la belleza incomparable de nuestros paisajes o recordar Casablanca, con aquello de que siempre nos quedará París. Eso sí, los destinos hay que vivirlos, porque nadie tiene la capacidad de Julio Verne que, el tío, allá por 1865, escribió “De la tierra a al luna” y calcó lo que sería el viaje del Apolo. Dejando al margen que la nave del libro de Verne se llamaba Columbiad y que el módulo del Apolo se llamó Columbia, Verne escribió que su nave imaginaria con destino a la luna, viajaba a 40.000 kilómetros por hora; el Apolo viajó a 38,500; él dijo que el viaje de la tierra a la luna duraba 97 horas; el viaje del Apolo duró 102; 104 años antes de la llegada del hombre a la luna, Verne hizo amerizar su nave, de regreso a la tierra, en el Pacífico a solo 4 kilómetros del lugar en el que realmente amerizó el Apolo; además, hacía el seguimiento de su nave ficticia desde un enorme telescopio situado en las Montañas Rocosas y el Apolo fue seguido por el radiotelescopio Monte Palomar que coincidía con la situación y el tamaño del imaginado por el escritor francés.