El corazón de Europa desde el Danubio

Un crucero por el gran río visitando Praga, Viena, Bratislava, Budapest… y mucho más.

En los últimos tiempos, los cruceros están seduciendo a un creciente número de viajeros españoles. Los viajes por mar tienen muchos atractivos, pero pueden pecar de cierta monotonía y de la masificación que exigen los grandes barcos. Una de las mejores opciones, que une el placer de navegar en barco con el atractivo de conocer grandes y pequeñas ciudades y hacerlo sin agobios y en una dimensión humana, es un crucero fluvial, recorriendo uno de los grandes ríos de Europa.

Sus ventajas son bastante evidentes. Un crucero fluvial es el más cómodo y despreocupado medio de conocer otros países, otras formas de vivir. El hecho de recorrer Europa admirando ricas culturas, que se fueron originando al calor de las cuencas de sus ríos, es una experiencia tan atractiva como inolvidable. A bordo todo son facilidades. Se trata de unas verdaderas vacaciones en libertad deleitándose con el paisaje, charlando con los amigos y descansando. No hay que angustiarse para encontrar mesa en un restaurante, ni buscar transporte para ir más rápido o llegar a tiempo, no hay que estar pendiente de la seguridad.

En un crucero hay que olvidarse de hacer maletas después de cada etapa. Los camarotes y el propio barco ofrecen todas las comodidades posibles, todas las que permiten las dimensiones limitadas de estos cruceros de río, que no deben compararse con los súper cruceros de mar, tanto por su capacidad como por las instalaciones a veces tan ilimitadas como los mares que surcan.

Por el contrario tienen atractivos importantes: visitas a pie (ya que los muelles están en el corazón de las ciudades), atmósfera más familiar, lo que permite mejor comunicación y convivencia con el resto del pasaje, la práctica imposibilidad de marearse dada la estabilidad de cauces fluviales regulados por esclusas, etc. Y cuando la travesía resulte algo tediosa o los elementos atmosféricos no acompañen, nada mejor que un buen libro, una agradable música o una copa para relajarse y disfrutar del tiempo libre.

Vale. Si ya estamos convencidos de la buena idea que es hacer un crucero fluvial, ¿cuál elegir? Sin duda una de las mejores opciones es el Danubio, el segundo río más grande de Europa, pero sobre todo el que transcurre por el corazón del viejo continente, atravesando algunas de sus ciudades más emblemáticas. Politours (en agencias de viajes y en www.politours.com), el máximo especialista en este tipo de viajes, fleta su propio barco al que ha dotado de un carácter español en su tripulación, guías, gastronomía, horarios, documentación, etc.

Dos itinerarios a elegir

Dependiendo de las fechas, el viaje parte de Budapest o de Linz (Austria). Cualquier elección es buena. En todo caso, antes o después se llega al encuentro de las grandes capitales de Austria, Eslovaquia y Hungría (también a la de la República Checa si se hace una pequeña prolongación del viaje al inicio o al final). Pero junto a estas importantes urbes que han tenido un destacado papel en la historia europea, el recorrido permite conocer lugares con cierta magia, como el castillo de Durnstein, en el que estuvo encerrado Ricardo Corazón de León a su vuelta de las Cruzadas y que sólo su trovador (¿y amante?) supo encontrar, o la abadía de Melk, que inspiró las intrigas de Humberto Eco y su “El nombre de la rosa” o la pequeña aldea de Willendorf, apenas vislumbrada desde el barco y cuyo principal mérito fue encerrar entre sus tierras desde hace 20.000 años la primera obra de arte humana, la famosas Venus que lleva el nombre del pueblo.

Comenzamos desde Linz, capital de la Alta Austria y preciosa ciudad barroca, situada en la antigua ruta de la sal, en tiempos de los romanos, que la llamaron Lentia.
Durante la mayor parte de su historia, la ciudad sólo ha sido una capital provincial y un importante punto de cruce de diversas rutas comerciales. Dos personajes han marcado su historia, el emperador de la casa Habsburgo, Federico III, que pasó aquí sus últimos años y que llegó a convertirla en la ciudad más importante del Sacro Imperio Romano Germánico, y Adolfo Hitler, cuyos padres están enterrados muy cerca y donde él mismo acudió a la escuela. Desde el balcón de su Ayuntamiento, Hitler proclamó la anexión de Austria.

Hitler quiso hacer de Linz el modelo ideal de ciudad que soñó en sus grandilocuentes fantasías, junto con su arquitecto Albert Speer, incluso en los últimos días de la guerra se recreaba examinando los planos de la futura ciudad. De aquella fantasía hoy solo queda el enorme Puente de los Nibelungos y un par de edificios grises; en cambio, la ciudad conserva su aire barroco, especialmente en su Plaza Mayor, con la característica columna a la Santísima Trinidad que recuerda el triunfo sobre la peste.

Cerca de Linz está otro recuerdo del tirano: el campo de trabajo de Mathausen donde más de 110.000 personas fueron asesinadas, entre ellas más de 4.000 republicanos españoles. La visita es espeluznante, pero vale la pena aunque solo sea para descubrir lo que nunca más debe volver a ocurrir.

Hoy en día Linz destaca por el “Ars Electronica Center – Museum of the Future” y los premios “ars electronica” que premian cada año la propuestas más novedosas y creativas del ámbito de la animación digital y utilización de los nuevos medios. También se prepara para ser, junto con Vilnius, Capital Europea de la Cultura en 2009.

Zarpa el barco y comienzan a bordo las distintas actividades en las que se puede participar: clases de historia de la zona, pequeños conciertos de música, juegos en la cubierta, clases de baile, demostraciones de gastronomía típica o… nada: disfrutar del paisaje y del tranquilo pero permanente tráfico del Danubio, tomar el sol y beber una cerveza, leer un libro, echar una siesta… A las horas de las comidas, un bien surtido buffet con especialidades regionales aguarda al viajero.

Las siguientes escalas permiten abrir boca antes de llegar a Viena. Melk es una coqueta ciudad con callejuelas empedradas, sencillos y armónicos edificios de los siglos XVI y XVII y tranquilas plazas llenas de terrazas, pero sobre esa quietud que la haría igual a cientos de pueblos de Centroeuropa, destaca la descomunal abadía que, según se dice, inspiró a Humberto Eco para “El nombre de la rosa”, aunque ni época ni estilo tienen nada en común.

La abadía benedictina de Melk debe su estado actual a la reconstrucción que se hizo a principios del siglo XVIII. La iglesia y los edificios que la rodean, incluyendo su espectacular biblioteca y el museo, son de estilo barroco, con los característicos colores dorados. Tan bella es la vista que ofrece alzándose sobre el risco que domina la ciudad, como la que se contempla desde su amplia explanada abarcando un meandro del Danubio.

Muy cerca está Dürnstein, otro tranquilo pueblo en un precioso enclave cuyo principal mérito es albergar las ruinas de un castillo medieval en el que estuvo preso Ricardo Corazón de León entre 1192 y 1193. Al regresar de las Cruzadas, Ricardo fue descubierto cuando viajaba disfrazado y hecho prisionero por Leopoldo V. Se cuenta que nadie en la corte inglesa conocía su paradero ni, por tanto, podía negociar su rescate. Sólo su fiel trovador Blondel se animó a ir en su busca. No llevaba armas sino su laúd y una canción que compartían en secreto, como su amor, Ricardo y él. Durante meses recorrió castillos y fortalezas de media Europa, pero por fin, en Dürnstein, alguien contestó a su canción con las mismas estrofas y así el fiel Blondel descubrió la prisión de Corazón de León. Poco después se consiguió su liberación.

Imperial y musical Viena

La romántica historia acompaña al viajero cuando reemprende el camino hacia Viena etapa reina del viaje, junto con Budapest. Pensar en Viena es imaginar grandes palacios imperiales, edificios de elegante arquitectura barroca, teatros y óperas, obras maestras del Art Nouveau, galerías y grandes colecciones de arte y, como no, música clásica. Pero en la capital austriaca están también las mejores tiendas, las típicas tabernas de vino “heurigen”, los pequeños restaurantes “beisi” y los locales nocturnos más animados.

La visita a la ciudad, recorriendo su célebre Ringstrasse construida por Francisco José sobre el trazado de la antigua muralla y bautizada por él mismo como “la calle más bella del mundo”, permite contemplar edificios señoriales, enormes palacios y elegantes jardines plagados de estatuas. Entre todos destaca el monumental conjunto de Hofburg que fue residencia de los Habsburgo hasta 1918. Además de los Apartamentos Imperiales, alberga entre otros los museos de Éfeso y Etnológico, la Cámara del Tesoro, la Biblioteca Nacional, la Escuela Española de Equitación, la Capilla Imperial donde actúan cada domingo los Niños Cantores de Viena, las Colecciones de Armas e Instrumentos Musicales…

Muy cerca (en Viena todo está a un paso) se encuentra la Ópera, la catedral de San Esteban, corazón geográfico de la ciudad, el Parlamento, numerosas casas en las que vivieron algunos de los genios de la música que habitaron esta ciudad: Mozart, Haydn, Beethoven, Schubert, Brahms, la familia Strauss… y parques como el Rathaus o el de la Ciudad con multitud de estatuas y monumentos que recuerdan a estos genios. Un poco más lejos se encuentran los palacios de Belvedere y Schönbrunn con sus grandiosos jardines y fuentes de estilo francés.

Hay otra Viena que últimamente se ha puesto en valor. Es la que ofrece las mejores muestras del aquí llamado “Jugenstil” que protagonizaron en arquitectura Otto Wagner, Josef Hoffamann y Adolf Loos, y en pintura, Klimt.

Naturalmente, la visita a Viena no puede ser completa sin acudir a una representación musical o una ópera. Aunque las grandes salas de concierto y la Ópera no siempre están abiertos, hay decenas de oportunidades en salones más pequeños, iglesias y palacios. Jóvenes ataviados con pelucas y casacas de la época ofrecen su propuestas a precios atractivos por toda la ciudad.

La minúscula y bella Bratislava

El barco abandona Viena tras una última mirada a la gigantesca noria del Prater a un paso del Danubio que tampoco aquí es azul. La siguiente escala es Bratislava, la joven capital de Eslovaquia, adonde se llega tras poco más de tres horas de navegación. Visitar esta ciudad, tras la maratón de Viena resulta un confortable paseo. Todo tiene una escala en miniatura, todo está próximo, todo es tranquilo y cordial.

El centro de la ciudad es peatonal y se vuelca a la orilla del Danubio. Para hacerse una idea de sus dimensiones y situarse en la ciudad, lo mejor es subir al castillo a 85 metros sobre el río y seña de identidad de la urbe. La vista es lo que más merece la pena, ya que la fortaleza, que fue medieval, gótica, renacentista, barroca y durante casi dos siglos un auténtica ruina, tras el incendio de 1811, ha sido reconstruida a partir de 1953 pero ha perdido casi todas sus señas de identidad.

En cambio, el centro urbano tiene una fuerte personalidad por la rara y armónica combinación de edificios y por la animada vida que se observa en sus calles y plazas. La catedral de San Martín, donde durante casi tres siglos tuvieron lugar las coronaciones de los reyes húngaros, el Ayuntamiento antiguo, con su peculiar patio con arcadas, el Palacio Primacial y el Teatro Nacional son los edificios más representativos. Pero la Bratislava más auténtica se descubre recorriendo sin prisas la calle Michalská o la Plaza Principal y sus coloridas terrazas, los callejones, como el Bastova, el más estrecho de la ciudad, los mercadillos que surgen en cada plazuela, las fuentes donde la gente combate el calor metiendo los pies en el agua, las cervecerías donde curiosamente se debe pedir vino eslovaco y no cervezas checas…

El más bello rincón del Danubio

Al día siguiente, sexto ya de crucero, el barco amanece junto a uno de los más bellos parajes del Danubio, la ciudad de Esztergom, ciudad natal de San Esteban, primer rey de Hungría, antigua capital y centro religioso del país. Aquí se plantea una de las grandes disyuntivas del viaje, ya que se ofrece la posibilidad de realizar una excursión por tierra para llegar hasta Budapest o seguir el recorrido por el río. En ambos casos se contempla el llamado Rincón del Danubio, tal vez el tramo más bello en sus 2.800 kilómetros de trazado.

Si se va por tierra, la primera visita es Esztergom y su espectacular “Bazilika” edificada sobre las ruinas de la antigua catedral. El tesoro, hábitos del siglo XI y otros objetos religiosos están conservados en su interior. Hasta hace poco el cercano puente Mária-Valéria que une Hungría con Eslovaquia era el único sobre el Danubio que no se había reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial. Un poco más adelante está Vysegrad, pequeña ciudad medieval cuya fortaleza jugó un papel importante durante siglos. Hoy sus ruinas son el mejor mirador para contemplar la curva del Danubio y sus preciosos alrededores de bosques y viñedos. La última etapa del camino es Szentendre, el “Montmartre” húngaro, donde se han instalado numerosos artistas. Es un pueblo sencillo, íntimo y armónico que cuenta nada menos que con 16 museos. Su Plaza Mayor, presidida por una cruz conmemorativa de 1763 y rodeada de bellas casas de estilo barroco y rococó y varias animadas terrazas está siempre llena de gente y es el centro cultural y social de la ciudad.

Los que hayan elegido quedarse en el barco tendrán la experiencia inigualable de recorrer la curva del Danubio desde el río. Palacios y abadías, pequeños pueblitos y playas acogedoras, castillos y restos de fortalezas, plantaciones de vides y bosques frondosos jalonan la travesía. Y como premio final, la espectacular entrada en Budapest desde el río, con grandiosos edificios a babor y estribor que parecen las obras maestras de un gigantesco escenario.

Budapest, dos ciudades fundidas por el río

Suele decirse que el Danubio divide Budapest en dos partes que son las que dan nombre a la ciudad: Buda y Pest. La realidad es casi lo contrario. El gran río une las dos antiguas ciudades formando una sola. Es este río prodigioso el que da sentido a la capital de Hungría, el que permite apreciar en su verdadera dimensión las dos partes. La mejor forma de apreciar su dimensión y belleza es admirar Pest desde las colinas de Buda y contemplar Buda desde el Parlamento en Pest. De esta forma se tiene una idea muy completa de su tamaño, se valoran las proporciones y resulta muy fácil localizar los edificios que se quieren visitar. Todo ello es posible gracias a la perspectiva que el Danubio proporciona. La belleza de los edificios reflejada en sus aguas forma, sobre todo al atardecer, un espectáculo difícil de describir.

Y es que el agua, curiosamente, tiene un papel protagonista en la capital de este país sin orillas al mar. El agua de este Danubio que recorre el país de norte a sur. El agua de los manantiales que han permitido crear en Budapest una rara cultura de culto al cuerpo que se practica en los que pueden ser clasificados como los mejores balnearios de Europa.

Una visita a Budapest no se entiende sin el recorrido por las joyas de Buda: el Bastión de los Pescadores, la iglesia Matias, el Palacio Real que hoy alberga varios museos, el barrio del Castillo o… el Museo del Vino que permite por un precio único conocer y saborear hasta 50 variedades de deliciosos vinos húngaros. En Pest es imprescindible la visita al Parlamento (sólo en grupos y con rígidos controles de seguridad), el Puente de las Cadenas, la Ópera, la Plaza de los Héroes, el Parque Municipal, el barrio judío, las calles Vaci y Andrássy y la plaza Vörösmarty, las más animadas de la ciudad.

Pero tampoco será completa la visita sin conocer alguno de sus tradicionales balnearios. Los más conocidos y bellos son el de Szechenyi, casi todo descubierto y de gigantescas dimensiones y el célebre Gellert, el de los “cuerpos Danone” hoy un tanto en decadencia por su mala conservación que ha obligado a realizar obras en la cubierta corrediza que daba una especial tonalidad a la piscina interior y por la clausura, también por obras, de la zona hamman de mujeres.

El toque final a este crucero por el Danubio es un recorrido nocturno atravesando Budapest y contemplando sus bien iluminados edificios y puentes reflejándose en las aguas de este río que ha marcado la historia de Europa.

DATOS PRÁCTICOS

Este crucero que comercializa en exclusiva Politours, tiene una duración de 8 días/7 noches y funciona entre junio y octubre. El precio varía en función de la temporada y del tipo de cabina que se elija, aunque no hay grandes diferencias, y oscila entre 870 y 1.390 euros por persona, incluyendo alojamiento, pensión completa a bordo y visitas de Viena, Bratislava y Budapest. Puede contratarse adicionalmente una extensión a Praga de una o dos noches por 85 o 140 euros, respectivamente, incluyendo traslados al aeropuerto y a Linz, puerto de embarque del crucero.