Madrid, (EFE).- Unos veinticinco millones de personas en el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y entre 600.000 y 800.000 en España, de acuerdo con la Confederación Española de Familiares y Cuidadores de Enfermos de Alzheimer y otras demencias (CEAFA), padecen la enfermedad de Alzheimer. El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa, cuya causa se desconoce, que produce una demencia progresiva en la edad adulta y conduce a una incapacidad absoluta, y a la muerte, en un plazo generalmente inferior a 20 años.

Aunque no existe un tratamiento curativo del Alzheimer, la causa más frecuente de demencia en ancianos, en la actualidad hay dos fármacos como los anticolinesterásicos y memantina que reducen la velocidad del deterioro cognitivo y prolongan la capacidad funcional, lo que puede retrasar el momento del ingreso. Este mal debe su nombre al neurólogo alemán Alois Alzheimer, quien lo describió por primera vez en 1906, tras estudiar el cerebro de una mujer de 55 años con demencia grave, aunque la comunidad médica apenas mostró interés por esta enfermedad, cuya magnitud no se apreció hasta la década de los 80, cuando comenzó a afectar a cientos de miles de personas de todo el mundo, entre ellas famosos como Ronald Reagan, Mohamed Ali o la fallecida Rita Hayworth. Veinte años después, el Alzheimer es la primera causa de demencia en los países desarrollados y los expertos vaticinan que se convertirá en la enfermedad más importante del siglo XXI, por delante del sida, el cáncer y las dolencias cardiovasculares. Los primeros síntomas de la enfermedad son fallos esporádicos de la memoria y desorientación temporal y espacial. En una segunda fase, el enfermo pierde fluidez en el lenguaje y comienza a tener dificultades para realizar actividades cotidianas como vestirse o asearse. En la fase avanzada, la incapacidad es profunda y no se puede valer por sí solo. Su personalidad experimenta alteraciones irreversibles, deja de hablar, no reconoce a sus allegados y presenta incontinencia urinaria y fecal, además de aumentar la rigidez muscular, de manera que va quedando progresivamente recluido a una silla de ruedas y después a la cama. Además, aparecen otras complicaciones como ansiedad, angustia, agresividad o depresión. Estudios recientes han relacionado el Alzheimer con el virus del herpes común, lo que ha abierto nuevas líneas de investigación. Hay también muchas esperanzas puestas en la investigación con células madre y en Estados Unidos se está trabajando en una vacuna que en los experimentos con animales ha logrado reducir los depósitos en el cerebro de la proteína amiloide. Otra investigación actualmente en marcha es la que lidera desde Estados Unidos el doctor William Klunt -a la que España tiene previsto sumarse este año- y que tiene como objetivo detectar la enfermedad en su fase inicial. Para conseguirlo se pretende utilizar una nueva técnica de neuroimagen que se ayuda de una sustancia química radiactiva llamada pib, capaz de localizar en el cerebro del enfermo la acumulación de la proteína amiloide (A-Beta), responsable de la enfermedad. El Alzheimer es una enfermedad muy ligada a la edad, que afecta sobre todo a la población mayor de 60 años, aunque también hay un 10% de los afectados menores de esa edad; y es algo más frecuente en las mujeres (la padecen, según la OMS, el 5% de los de más de 60 años y al 6% de las mujeres de la misma edad). En España, hay más de 600.000 enfermos diagnosticados, aunque, según la CEAFA, podría haber otros 200.000 sin diagnosticar. El 95 por ciento de estas personas, según estimaciones de la CEAFA, reside en sus casas, por lo que la carga asistencial recae en las familias y más concretamente en el familiar que asume la tarea de cuidar al enfermo, quien a menudo termina por experimentar el llamado "síndrome del cuidador", una situación de estrés físico y psíquico. El coste económico por paciente y año en España se sitúa, según la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzheimer (AFAL), en unos 25.000 euros, cifra que incluye los costes directos como medicinas, pañales o atención domiciliaria y costes indirectos, como los sueldos que los familiares dejan de percibir por dedicarse al cuidado de enfermos. EFE